Cada tanto uno sabe aprovechar los momentos más llanos de la vida. Esos en los que parece que no pasa nada, como cuando te sentás en el balcón a las tres de la mañana, a mirar quién es el último vecino en apagar la luz. Cuando escuchás el ruidito del gato mascando la comida mientras mirás cómo se mueven las cortinas a causa de las corrientes suaves de viento que entran por la ventana que dejaste a medio cerrar. Es un momento banal, tranquilo, casi absurdo. Silencioso, porque ni siquiera los pensamientos cobran mucho sentido, y asà como emergen vuelven a esconderse en los recovecos de lo incierto. Tenés los pies frÃos pero no te importa. El libro que empezaste a leer hace poco todavÃa espera, con el marcador en la página del suspenso, arriba de la mesa. La soledad después de la compañÃa, del frenético ir y venir de las palabras, del ejercicio insólito de la mente recalculando las escenas de emoción de los últimos dÃas. Es un instante de sosiego, que puede pasar trágicamente desapercibido. Casi mágico. Olvidás la preocupación, ese recuerdo que vuelve en repeticiones cÃclicas, como flashbacks, todo el tiempo. Escuchás tu respiración, sentÃs cómo te laten las venas, podés escenificar la noche en su calma más lúcida, como una imagen retratada. No hay peros, ni broncas, ni adioses. Es una pausa, la lentitud de las horas que se compadecen de repente y te esperan, porque de vez en cuando se les ocurre tenerte piedad. No te importa el control, porque sos consciente de que no lo tenés. No hay nada que puedas hacer, ni que tengas el poder de cambiar, no ahora. Y te ves a vos mismo en ese levitar hipotético, con los ojos mirando a ningún lado y sintiéndole el sabor al aire, y comprendés que no hay nada mejor que esa quietud, ese absurdo. Porque no hay angustias entreveradas, y te tomás la licencia para olvidarte de todos sin pedir perdón. Y en esa llanura, en ese sentir anestesiado, instante colmado de nada, encontrás el carácter de la vida. Y te sentÃs insignificante, rodeado de gigantes en una ciudad de ruido, odios y smog. Pero en esa insignificancia hallás cierta plenitud, un estado de sobriedad puro, libre de los barnices virulentos del dÃa a dÃa y la consciencia intranquila. Y sonreÃs como un bobo, mientras el gato ronronea posicionándose al lado de tu muslo y el viento sigue haciendo bailar las cortinas, porque aunque sabés que quizás eso no sea la felicidad absoluta, la grandiosidad del gozo exacerbado, el punto cúlmine del éxtasis existencial, se le parece bastante. Y ese momento, esa plenitud, esa sonrisa, una vez cada tanto y en dosis modestas, tiene el poder de curar las heridas abiertas.
Para subyugar las culpas y los
disturbios a las pruebas me remito. Y aunque este atardecer conflictuado me
atrape otra vez divagando en los suburbios de tu recuerdo, no miento. No pude
todavÃa expiar la culpa de este agravio, sutil, farsante agravio de cenicienta.
Las doce campanadas ya sonaron hace mucho. Y ante la imposibilidad para
responder cualquier pregunta sólo puedo resumir mi monólogo, que se debate
entre lo bronco y lo sumiso, en una sola verdad. Colmada de verbos más que de
sentido, pero es la única que tengo para dar. La exhaustiva búsqueda que
emprendà sin orden, casi sin motivos, acaba aquÃ. Tan confusa y ardiente como
empezó, pero esta vez resignada. La distancia se mide por el tiempo, dijo alguna
vez El Poeta y firmo aquà mi acuerdo con su declaración. Quise llevarme a la
rastra al cuchutril de lo negado estas letras de las patas, de los pelos, de
los labios. Me jacto de no haber sido la única, en este mundo atolondrado, en
haber intentado esconder algún secreto. Pero aunque pensé que los secretos
dejan de serlo cuando se dicen en voz alta, lo cierto es que se terminan cuando
se escriben. Y yo lo escribà hace rato, para leerme entre lÃneas cuando me
dispusiera a la bravura de mi propias confesiones, y ya no es lo que era y por
eso, ha logrado atormentarme. Y para quitarme de la carne esa pequeña espina,
que como no se ha despegado a tiempo ahora parece preferirme por sobre todas
las carnes, tengo que legarla al viento. Ya no es mÃa, nunca lo fue aunque
estuviera confundiéndose entre mis neuronas, y los sueños y la sangre. Ya no es
mÃa. Y saberlo, más que tristeza, me otorga la fresca certeza de la libertad.
SabÃa quizás que llegarÃa el dÃa de lamerme las heridas. De purgar mi espÃritu desconcertado, sangrar las micropartÃculas de ese dolor anciano, de alguna manera condenatorio, al que le permità convencerme de que estaba irrevocablemente curtida en materia de la vida.
SabÃa. Anhelaba con un fuego en la garganta darme cuenta de que los años no están perdidos aunque yo lo esté. Esperaba que alguien me dijera que volverÃa a encontrarme, y dejarÃa de sentir esa encarnizada aversión al interior de mi piel. Como si mi piel ya no fuera mÃa, como si yo misma estuviera escapando de mi verdad.
Y en efecto lo hacÃa. Y por eso no tengo hoy la desverguenza de atribuirle la culpa de mis infortunios a un tercero; porque son mÃos, al igual que mi historia.
SabÃa que algún dÃa aceptarÃa los embrollos sin buscar explicaciones. Que atesorarÃa la fortuna de haber sobrevivido, no al pasado ni a los otros, sino a mÃ. Porque cómo uno se resiste y se subleva ante ese clon enfermo, resentido y macabro, que es la sombra de lo que pudo haber sido, y que chamusca las esperanzas de dejarlo atrás. Ese reflejo ante el cual siempre cerramos los ojos, porque es mejor no verlo ni sentirle el aliento mientras escupe verdades de antes, confesiones rancias sobre los deseos que no llegamos a cumplir. Cómo se le dice que no, y se le da la espalda, y se lo perdona pero en serio, porque hay que curarlo como a un niño huérfano del vacÃo que lo llena.
Y cómo se le ayuda a ese clon, a ese niño, a esa sombra, a perdonar.
SabÃa que algún dÃa podrÃa perdonarlo. Y ya no correrÃa carreras para ver quién es más rápido a la hora de reaccionar, ni me morderÃa las uñas o me despellejarÃa los labios aguardando a su borrascosa aparición.
SabÃa que podrÃa desmentirme; cumplir ese pacto tácito que hice alguna vez en una rabieta de domingo, y desenfundarÃa mis mejores armas. Que descompondrÃa esas visiones novelescas con las que pensé que tenÃa algo en común, y tirarÃa por la borda los retratos de esos rostros fantasmales, memorias, miradas en pretérito, que ya nada significan para mÃ.
SabÃa que me completarÃa en un acto de amor, en mi propia carne y sentidos, y abandonarÃa la espera de alguien que me salvara.
SabÃa, quizás, durante esos años turbulentos y después, que quien soy es quien he sido siempre y quien seré, salvándome yo sola, porque los prÃncipes y princesas son de cuento y hasta donde yo sé, a mà me corre sangre roja por las venas.
- enero -
La vida, cuando no está nublada de las superficialidades con las que nos ofuscamos a menudo, es noble. Y dulce, y suave. Y la armonÃa encaja con la nostalgia, la melancolÃa tiene otro sabor. La frescura del viento, los rayos de sol que se escabullen por los resquicios de las persianas, el canturreo de los pájaros en la calma del campo.
A veces la existencia tiene un halo de lucidez embriagadora, contradictoriamente. Y la perfección es tan sencilla y tan absurda que dan ganas de echarse a reÃr.
Contar los dÃas es una manera absurda de perder el tiempo. La vida queda resumida a este patético conteo, a la espera incierta, al accionar mecánico. Se pierde la espontaneidad, la magia, la verdadera gracia o el verdadero sentido de las cosas. O al menos el sentido particular que cada uno le atribuye. Para mÃ, contar los dÃas es morir lento, rendirse a la resignación frustrada de que uno existe, pero no disfruta, no siente. Y eso es algo que he dicho durante mucho tiempo.
Igual de absurdo me parece restar los dÃas. Es decir, empeñarse en retroceder en el pasado y ofuscarse por verse forzado a vivir la actual realidad. Eso me parece y me ha parecido siempre no sólo una estupidez, sino un acto de irremediable cobardÃa. Y digo irremediable porque creo que todos, reiteradas veces, hemos vuelto con la memoria y los sentidos a un sitio en donde al dolor le cueste encontrarnos. Confieso que aún hoy, hay instantes en los que la mente me queda nublada, y recurro al poder de recordar, para hallarme luego entumecida por una anestesia temporal e ilusioria, que se evapora en minutos y me deja con la verdad quemándome más todavÃa en todas las partes del cuerpo. Soy una cobarde, y siempre lo he sido. A la par que he sido asombrosamente valiente, como recientemente descubrÃ. No hubo en mi vida un sólo momento de amargura del que no haya querido huir con pavorosa desesperación, agarrar mis pertenencias más preciadas y escapar, tomar el primer auto, colectivo, el primer avión, y que con ese antigüo pesar que dejo atrás desaparezca también quien me lo ha causado. Muchas veces intenté desaparecer de mÃ. Sin embargo, me encontré con las piernas flaqueando y la voz temblorosa abrazada a un almohadón o pegándole al viento, y tuve que permanecer. Me quedé, porque supe que la única manera de quitarme de encima los fantasmas era enfrentándome a ellos y a sus sonrisas burlonas. Fue y siempre será aterrador, pero debo valorar que aunque la idea de rendirse ha sido tentadora en más de una ocasión, fue descartada con la misma rapidez con la que apareció vagando en mi cabeza. Con el tiempo aprendà a darme crédito por esas pequeñeces, y dejé de castigarme por los errores más humanos que cometÃ.
No me dan miedo tus colores. Si estoy aquà todavÃa es porque puedo contra ello, porque considero que no hay nada más real, ni tan mágico. No me dan miedo tus silencios ni tus pausas. Sé que dudás, a veces más de la cuenta. No me dan miedo tus laberintos porque sé que sos capaz de encontrarte. Al menos sé que vas a intentarlo las veces que sea necesario.
No tengo complejos acá, quizás sà un montón de intrigas. Algunas de esas que repican en la cabeza con insistencia, con furia. Otras, son más calmas. No cuestionan tanto, sino que se atreven a dejar ser. No me da miedo dejarte ser porque asà es como me gusta verte. Nunca me sentà tan ajena, ni tan cercana sin sentir un ápice de intranquilidad. Por muy lejos o segura de absolutamente nada que esté, ver a alguien ser en su proceso de ser nadie y todo al mismo tiempo es un privilegio. Compartir en silencio, casi como un acuerdo tácito, la caminata errática. Sin juicios ni sermones, solo estando. A veces, de manera intermitente.
No me asusta la torpeza, la insatisfacción. Estoy convencida de que eso siempre llevará a algún lado, o nos dará la sensación -el consuelo- de que no estamos tropezando en vano. No ser complaciente, ni complacido, es signo de cierta cordura. Puede confundirse, o hasta fundirse sutilmente, con la pedanterÃa. Incluso con la insensatez. No me da miedo tu insensatez, ni la mÃa. No será nunca tan absurda para mà como el creerse pleno en un mar de nada. No me asusta la distancia, tu distancia, porque sé que vas a volver a buscarme, o yo volveré a buscarte, tarde o temprano. Para volver a caminar callados, a estar muy cerca,
también muy lejos.
Con un susurro aburrido le confesó que se irÃa alguna vez. Que su vida no estaba allÃ, que no podÃa permitirse esperar más. Que los dÃas se agotan y el cuerpo comienza a notarlo, que prefiere morir antes que no reconocerse frente al espejo. Y que si va a morir entonces quiere verlo todo, y que aunque ha disfrutado a su lado no ha visto nada. Pasó con dulzura su mano por las orejas y lo tocó con más aires de madre que de amante. No habÃa fuego ya por apagar. Le pidió que no estuviera triste, que recompusiera las partes de su vida que habÃa dejado perdidas por ahÃ. Todos necesitamos tener el corazón roto alguna vez, le dijo, y también debemos quebrar uno. Le rogó que no la esperase, pues probablemente no quisiera volver. No me ates a tu soledad ni a tu angustia, lo reprendió.
Quiero ser libre, le dijo, y vos también.
...No me apures.
No me claves las agujas de la culpa. No nubles mis deseos ni me dejes por ahÃ, que todavÃa puedo, que todavÃa quiero. No enloquezcas con mis vueltas, no me envuelvas en tus ansias. No me digas que se ha acabado el tiempo, que me quedan palabras y perdones, que me queda todavÃa algún adiós por pronunciar.
No trates de insistirme, no me adviertas, no me asustes. Que sé que tengo que acelerar el tranco, encender las luces, abandonar la carga. Sé que el viento empuja hacia adelante, sé que quizás no quede nada atrás. No me entregues a la incertidumbre ni al desasosiego, no me tires con los leones de las horas, no me obstaculices más. Que tengo las ganas y la fuerza, quedan adentro sobras de voluntad.
No te vayas, no hagas que me vaya. Dejame acá en algún lado donde pueda recordar, donde el gusto persista, donde no me duela la razón. No te consumas, no te quedes sin más, que aún te necesito latente.
No te apures, no camines tan rápido, que quedan las huellas y los pasos, el tacto de quienes quiero, las risas de los amigos, el vino y la libertad.
No me obligues a detenerme ni me incites a olvidar, que del olvido nada queda y nada cura, pero quema en las entrañas y desgarra, nada se aprende, nada renace.
No juegues a las escondidas conmigo, que puedo ver y siento con vehemencia, sé muy bien en qué parte hay que frenar.
No me apures. No me hagas sentir mal. Que tengo en el fondo un fuego que todavÃa no logro apagar, una culpa por expiar, una herida por sanar, un cariño frustrado, una copa de más. Tengo mis risas, mis canciones, los abrazos y la cura. Tengo algunas cosas para dar.
No te vayas. No hagas que me vaya. Que me iré cuando algo adentro suene, y será pronto, muy pronto. Por favor, dejame disfrutar. Dejame irme cuando pueda y cuando quiera.
Dejame acá, en algún lado, donde pueda recordar.
Algún dÃa de algún mes, de algún año en el tiempo
No sé exactamente a qué hora estarás leyendo esto. Quizás cuando lo hagas yo ya estaré muy lejos, o quizás siga todavÃa aquÃ. Tampoco sé qué estás esperando encontrarte o qué esperás saber, qué respuestas querés o si te interesa siquiera, aunque sé que sÃ, que una parte de vos quiere saber cuáles son esos secretos que no le cuento a nadie, mis misterios, esas cosas que solamente vos considerás misterios pero que en realidad no son más que trozos de mÃ, pequeños pedazos de ser, de un ser común, cotidiano y aburrido. Escribo esta carta porque los dos sabemos que no se me da muy bien expresarme en voz alta, que empiezo a divagar y me termino perdiendo entre pensamientos absurdos y lo que realmente estoy intentando decir. No sé qué hora es pero sé que es tarde, tarde para muchas cosas tal vez. Sé que no te gusta pensar en el tiempo ni arrepentirte, pero no voy a mentirte, yo lo hago algunas veces. Suelo extraviarme entre muchos recuerdos y después ya no sé cómo volver, no sé cómo volver a vos, a mÃ, a todo lo que me resigné a renunciar a la fuerza. Quiero que entiendas que tu realidad no tiene por qué ser como la mÃa, ni la mÃa como la tuya. Vivimos diferente, sentimos diferente. A vos te gusta sentir momentáneamente, como si se tratara de un único momento, y te conformás con ello, te gusta creer que eso es todo lo feliz que vas a poder ser. A mà me gusta perseguir la ilusión de que hay más, porque hay más, yo sé que es asÃ, por eso estoy en una búsqueda constante que vos no entendés, y yo entiendo que no lo entiendas, pero no me juzgues, por favor, no lo hagas más. Vos sabés cómo siento yo, no intentes cambiarlo. Muchas veces creà que somos de dos mundos diferentes, como si fuéramos dos seres de distintos planetas que se encontraron por alguna razón, para resolver antigüos conflictos, asuntos pendientes, como dice Mabel cuando se pone esotérica. De todas maneras, entendà que todas esas cosas que no puedo comprender y contra las que alguna vez intenté luchar fervientemente son las que más me gustan de vos. Ahora noto cómo nos confundimos más de una vez, no sólo vos o yo, sino todos. Cómo tergiversamos sentimientos y nos recriminamos el sentirnos de un modo determinado, como si estuviera mal que ciertas cosas nos atraigan, como si estuviera mal querer algo desconocido, distinto y opuesto a nosotros. Como si nos sintiéramos culpables por ello. Qué prejuiciosos y qué idiotas podemos ser, tratando de elegir qué cosas pueden gustarnos, quiénes nos pueden mover el alma. Y perdemos el tiempo y nos volvemos estúpidos, obsesivos, paranoicos, y después ya es tarde, como te dije antes. Ahà vienen las culpas, los arrepentimientos, y ponemos la responsabilidad en el otro por no haber sido como querÃamos o esperábamos, por no haber llenado esas expectativas mugrientas de las que nos alimentábamos. Y parece que estaba frente a nuestros ojos, como cuando tus amigos dicen algo y parece que todos lo hubieran sabido con anticipación, mucho antes que vos. Y te quedás con ese sabor, esa duda amarga, porque te convencés de que entonces las decisiones tomadas estuvieron bien, pero una voz insistente adentro tuyo se mantiene cuestionándote y empecinada en que imagines la otra opción, esa que no elegiste aunque sabés que es lo que querÃas, con todas tus ganas, desde muy adentro, con las entrañas encendidas, y aun asà lo negaste, lo ocultaste y lo enterraste obstinadamente.
No hagas eso. Todo eso, esas mentiras, el auto-engaño, no lo hagas, no sirve. Lo que quieras tapar va a salir a la luz algún dÃa y te va a quemar la piel. Alguna vez me dijeron que lo más importante es mantenerse fiel a uno mismo, y es verdad. Y lo cierto es que yo lo aprendà muy tarde, ya es muy tarde para mà y por eso te escribo esto, no porque quiera cargarte con mis culpas sino porque quiero que aprendas de ellas. Sé que después de esta carta te vas a enojar y vas a decir que soy alguien cobarde, que está huyendo y que se va dejando palabras escritas en un trozo de papel. Probablemente tengas razón, pero de todos modos, leé con atención estos párrafos. Sé que lo vas a hacer, porque aunque pretendas fingir también sé que estas cosas te importan.
Por favor, recordale a Mabel que le dé de comer al gato, no quiero que te encuentres otra vez con un bicho muerto de hambre en el patio o en la cocina. Y no me odies, no te resientas conmigo.
Los tiempos solos con uno mismo ayudan, la soledad no es mala como todos dicen, la soledad te enseña; te castiga un poco al principio y te da un par de bofetadas, pero es sólo para que reacciones, no es mala. Después te das cuenta de cómo son las cosas y de lo mucho que te ha servido hablar con vos y para tus adentros, investigar en los sitios más recónditos de tu ser, de tus rincones. De tus misterios, como los llamás vos. No tengo misterios, en serio, pero vos sÃ, buscalos y descifralos, vas a ver cómo todo cambia cuando aprendés a escucharte y a saber más de vos. Ahà es cuando podés volver a querer sin esas culpas que te mencioné antes, cuando te permitÃs sentir sin que la mente se oponga ni te provoque esas contradicciones venenosas que te confunden como me confundieron a mÃ.
Puedo ver bien, ahora, pero eso también tiene su precio, porque puedo descubrir todas esas cosas que antes no y se gestan nuevas disputas. Cuando se pasa un buen tiempo con los ojos cegados, luego sin esa venda uno se siente un poco desnudo, desnudo y herido, vulnerable. Vulnerable. Frágil. Eso está bien, de todas formas. Ahora siento con tanta ferocidad que no puedo negarlo ni ocultarlo ni enterrarlo, y muchos se pasan la vida evitando que eso suceda sin saber todo lo que se están perdiendo. No seas uno de esos muchos, por favor.
La vida es un laberinto de búsquedas e interrogantes permanentes, porque algunas nunca se van ni se acaban, hay preguntas que se van a la tumba sin ser respondidas y lágrimas que se pierden y se esconden sin ser lloradas, pero no te vayas dejando palabras sin decir, no te vayas sin querer ni sin sentir, no te vayas sin haber buscado todas las respuestas aunque al final no vayas a tenerlas. No te vayas sin haber exprimido cada centÃmetro de tu alma, sin haberte prestado a la inequÃvoca experiencia de vivir, sin haberte deshecho de ese conformismo que te atrapa y te retiene.
No lo hagas.
Al final uno agradece el hecho de haber cometido ciertos errores, pero no el hecho de no haberse atrevido a cometerlos.
Posdata: De verdad, recordale a Mabel que tiene que alimentar al gato.
SolÃamos ver la vida con la impulsividad casi violenta de la adolescencia encarnada. Con esa falsa convicción de que todo es para siempre pero con el miedo imperioso de que lo que creemos haber construido vaya a romperse en cualquier instante. SolÃamos pensar con nuestras mentes atolondradas y bloqueadas por un Ãmpetu emocional que todo estaba predestinado, que lo que perdiéramos volverÃa a nosotros, que todo era trágico pero a la vez teñido de maravilla. Todo era hermoso y todo era horrible, porque todo nos encantaba y también nos dolÃa como un aguijón punzante en el pecho. Las pérdidas que sufrimos parecieron el horror de que nos estuvieran arrancando una parte nuestra, muy nuestra, y no podÃamos soltarnos de eso porque creÃamos que lo necesitábamos. De nuevo, equivocados, pensábamos que era injusto que algo nos fuera arrebatado porque en realidad pertenecÃa a nosotros. Esa ingenuidad testaruda que antes me provocaba tanta confusión hoy me da ternura, porque fue a los golpes como aprendimos a armarnos, y a amarnos. A nosotros, a los otros, a todos. Armar y amar.
No pasó tanto tiempo de aquellas memorias perdidas, y sin embargo se asemejan a una época remota de pies descalzos por la calle, de voces desafinadas cantando al unÃsono, de caprichos y encuentros y desencuentros. Quizás lo importante no es el tiempo sino lo que ha dejado, todo lo que se siente adentro cuando uno recuerda, y todo lo que uno aprendió. De ayer, de hace meses, de hace años. Yo, particularmente, solÃa creer con fervor que todo ocurrÃa por una razón. Tal vez a nivel inconsciente era el modo más sutil de consolar mis angustias, pero hoy dÃa, en ése aspecto, no he cambiado tanto de parecer. Sigo pensando que siempre que encontremos una virtud en un error, el error deja de serlo, y que aunque a veces haya que arrepentirse para ejercitar la consciencia y probablemente la moral, no siempre sirve hacerlo.
Hey, no, lo más probable es que nada sea para siempre. Y acá podemos diferir, pero para mÃ, las cosas duran el tiempo que tienen que durar, y no hay nada más triste, desesperante y agotador que empeñarse en atar lo que debe ser libre, porque cuando algo se rompe, si uno sostiene con fuerza y ofuscado los cristales rotos con las manos terminará sangrando. Si uno queda emperrado en resistir la pérdida, la ruptura, se perderá y se quebrará también. Y eso es aún más difÃcil de reparar.
Nadie es nuestro, nadie nos pertenece y nosotros jamás le perteneceremos a alguien, ergo; nadie se nos puede ser arrebatado. Es la manera sana de funcionar, sin libertad no se ama. Pero uno lo entiende cuando el viento helado y seco de la realidad le pega en la cara, y ahà nos vemos obligados a ver cómo son las cosas. Podés mantenerte ciego, siempre es una opción, pero con esa ceguera brutal está casi asegurado que vas a terminar más herido y ajado de lo que te gustarÃa.
La tragedia y la maravilla son partes de la vida, pero tarde nos percatamos de que hubo aspectos de los que podrÃamos haber sacado mucho más provecho, que no era para tanto, que tiempo después tendrÃamos que vernos enfrentados ante otro obstáculo de dimensiones aún más grandes. Los monstruos habitan en todos lados, y están también en nosotros, hasta que los desterramos con la honestidad dolorosa de la experiencia. Huyen, porque ven que no tienen nada que hacer acá adentro, corren despavoridos porque no pueden alimentarse de nosotros, no pueden absorbernos más. Es ahà cuando tenemos un peso menos, cuando caminamos por la calle con la liviandad de quien supo sonreÃrle a los recuerdos amargos, burlarse del reflejo de uno mismo, ese que nos decÃa que estábamos haciendo las cosas mal, que no Ãbamos a recuperarnos, que nunca volverÃamos a encontrar algo tan bueno.
Cada uno tiene sus propios modos de exorcizar los fantasmas de todo lo que fue. Y cuando lo consigue ya ni siquiera son fantasmas, quedan ahà como lo que son: recuerdos, imágenes, fotografÃas implantadas en la pupila.
Está bien la ingenuidad, y está bien querer a ese ser más inocente, crédulo y desorientado que en algún momento seguramente fuimos. Y está bien despedirnos de él, y aprender de sus errores. Yo hace un tiempo aprendà a abrazar con cariño memorias que me dolÃan, porque doliéndome no me servÃan, y porque no puedo tener remordimientos por decisiones que tomé cuando sabÃa menos que ahora, por lo que también aprendà a abrazarme a mÃ, o quien fui hace ya un tiempo.
Con mis escasos e ignorantes años concluyo que la juventud no se pierde, porque después de aprender, podemos combinar los impulsos y la razón, distinguir el amor del capricho, entender que dejar ir no es olvidar, que perdonar no es retener, y que ser jóvenes no es una justificación para no intentar hacer las cosas bien, y que crecer no significa abandonar la intensidad ni extinguir el fuego de lo que nos apasiona.










