Juventud incandescente
octubre 09, 2015Solíamos ver la vida con la impulsividad casi violenta de la adolescencia encarnada. Con esa falsa convicción de que todo es para siempre pero con el miedo imperioso de que lo que creemos haber construido vaya a romperse en cualquier instante. Solíamos pensar con nuestras mentes atolondradas y bloqueadas por un ímpetu emocional que todo estaba predestinado, que lo que perdiéramos volvería a nosotros, que todo era trágico pero a la vez teñido de maravilla. Todo era hermoso y todo era horrible, porque todo nos encantaba y también nos dolía como un aguijón punzante en el pecho. Las pérdidas que sufrimos parecieron el horror de que nos estuvieran arrancando una parte nuestra, muy nuestra, y no podíamos soltarnos de eso porque creíamos que lo necesitábamos. De nuevo, equivocados, pensábamos que era injusto que algo nos fuera arrebatado porque en realidad pertenecía a nosotros. Esa ingenuidad testaruda que antes me provocaba tanta confusión hoy me da ternura, porque fue a los golpes como aprendimos a armarnos, y a amarnos. A nosotros, a los otros, a todos. Armar y amar.
No pasó tanto tiempo de aquellas memorias perdidas, y sin embargo se asemejan a una época remota de pies descalzos por la calle, de voces desafinadas cantando al unísono, de caprichos y encuentros y desencuentros. Quizás lo importante no es el tiempo sino lo que ha dejado, todo lo que se siente adentro cuando uno recuerda, y todo lo que uno aprendió. De ayer, de hace meses, de hace años. Yo, particularmente, solía creer con fervor que todo ocurría por una razón. Tal vez a nivel inconsciente era el modo más sutil de consolar mis angustias, pero hoy día, en ése aspecto, no he cambiado tanto de parecer. Sigo pensando que siempre que encontremos una virtud en un error, el error deja de serlo, y que aunque a veces haya que arrepentirse para ejercitar la consciencia y probablemente la moral, no siempre sirve hacerlo.
Hey, no, lo más probable es que nada sea para siempre. Y acá podemos diferir, pero para mí, las cosas duran el tiempo que tienen que durar, y no hay nada más triste, desesperante y agotador que empeñarse en atar lo que debe ser libre, porque cuando algo se rompe, si uno sostiene con fuerza y ofuscado los cristales rotos con las manos terminará sangrando. Si uno queda emperrado en resistir la pérdida, la ruptura, se perderá y se quebrará también. Y eso es aún más difícil de reparar.
Nadie es nuestro, nadie nos pertenece y nosotros jamás le perteneceremos a alguien, ergo; nadie se nos puede ser arrebatado. Es la manera sana de funcionar, sin libertad no se ama. Pero uno lo entiende cuando el viento helado y seco de la realidad le pega en la cara, y ahí nos vemos obligados a ver cómo son las cosas. Podés mantenerte ciego, siempre es una opción, pero con esa ceguera brutal está casi asegurado que vas a terminar más herido y ajado de lo que te gustaría.
La tragedia y la maravilla son partes de la vida, pero tarde nos percatamos de que hubo aspectos de los que podríamos haber sacado mucho más provecho, que no era para tanto, que tiempo después tendríamos que vernos enfrentados ante otro obstáculo de dimensiones aún más grandes. Los monstruos habitan en todos lados, y están también en nosotros, hasta que los desterramos con la honestidad dolorosa de la experiencia. Huyen, porque ven que no tienen nada que hacer acá adentro, corren despavoridos porque no pueden alimentarse de nosotros, no pueden absorbernos más. Es ahí cuando tenemos un peso menos, cuando caminamos por la calle con la liviandad de quien supo sonreírle a los recuerdos amargos, burlarse del reflejo de uno mismo, ese que nos decía que estábamos haciendo las cosas mal, que no íbamos a recuperarnos, que nunca volveríamos a encontrar algo tan bueno.
Cada uno tiene sus propios modos de exorcizar los fantasmas de todo lo que fue. Y cuando lo consigue ya ni siquiera son fantasmas, quedan ahí como lo que son: recuerdos, imágenes, fotografías implantadas en la pupila.
Está bien la ingenuidad, y está bien querer a ese ser más inocente, crédulo y desorientado que en algún momento seguramente fuimos. Y está bien despedirnos de él, y aprender de sus errores. Yo hace un tiempo aprendí a abrazar con cariño memorias que me dolían, porque doliéndome no me servían, y porque no puedo tener remordimientos por decisiones que tomé cuando sabía menos que ahora, por lo que también aprendí a abrazarme a mí, o quien fui hace ya un tiempo.
Con mis escasos e ignorantes años concluyo que la juventud no se pierde, porque después de aprender, podemos combinar los impulsos y la razón, distinguir el amor del capricho, entender que dejar ir no es olvidar, que perdonar no es retener, y que ser jóvenes no es una justificación para no intentar hacer las cosas bien, y que crecer no significa abandonar la intensidad ni extinguir el fuego de lo que nos apasiona.


0 están opinando