Detrás del pañuelo blanco
octubre 08, 2015En un recinto modesto, rodeada de muebles y fotografías, trabaja todavía una de las mujeres que destacaron en el país por mantenerse fiel a su pedido: justicia por la desaparición forzada de sus hijos durante la última dictadura en Argentina en 1976. Con lucidez cuenta el paso de la cotidianidad, al revuelo y la búsqueda incesante.
El pasillo parecía infinito, y las paredes y el suelo marmolado dejaban en evidencia la antigüedad del edificio. El sonido que hacían mis zapatillas a cada paso que daba era todo lo que se escuchaba. En el primer piso, al final de todo, estaba la puerta que buscaba. Toqué timbre y me abrió una señora diminuta que después de decirle mi nombre, me dejó pasar. La seguí hasta una oficina no muy grande, donde tenía su escritorio. Arriba de ése escritorio había cuadernos, una agenda, una botellita Ser, un paquete de café y otro de galletitas sin abrir. La mujer se sentó e hice lo mismo. Su nombre es Aída Sarti, y dentro de poco va a cumplir ochenta y seis años. Una de las primeras cosas que me dijo es que ese lunes era día de reunión, que ella siempre llega más temprano, pero que el pasar del tiempo hace estragos en todo. No saben qué va a pasar con ese lugar ni con las cosas que guardan en él. “Yo ya estoy vieja”, dice Tiene el cabello corto de color blanco tiza, los ojos oscuros y pequeños como canicas, una actitud despierta pero un tanto despistada. Aída es una de las primeras mujeres que aparecieron en la Plaza de Mayo sin saber muy bien de qué se trataban esas reuniones, pero llevada por la desesperación y la sed de respuestas.
Hace años era modista en una gran casa entre Córdoba y Viamonte, frente a Galerías Pacífico. Vivía con su marido en Gran Buenos Aires. Tiene dos hijas, Beatriz y Claudia. Su memoria es privilegiada, aunque hay cosas que por más que se quiera no se olvidan. Puede contar qué prendas vistió alguien un día, de qué tela, cuál era su estampado. Estaba acostumbrada a una vida de tradiciones familiares en una casa con un gran patio. En la agendita que yace sobre el escritorio guarda una foto de sus dos hijas sonrientes abrazadas al “Coli”, el perro que tenían en ése entonces.
Su historia tiene un antes y un después trágicamente marcado, pero un asombroso ímpetu que va más allá de la edad y que la ha empujado todos estos años para no ceder ésa lucha compartida que la llevó de algún modo a donde está hoy. Aída se encarga de los archivos, me muestra folletos y libritos producidos por ella y sus compañeras, me enseña los afiches que realizó junto a su hija menor, Claudia, con las fotos de Beatriz. Fotos de niña, de su fiesta de quince, en todas con ropa elaborada por la misma Aída. Confiesa que notó el cambio que se produjo en su hija mayor, que la militancia es un proceso. De las delicadas prendas que usaba pasó a vestir alpargatas, cortó su largo pelo a la altura de las orejas, se puso de novia y sus horarios cambiaron. Beatriz dejó de llegar a la hora de la comida y empezó a concretar reuniones en la casa de sus padres, quienes le decían que no lo hiciera: “Mi marido decía que eso era peligroso, pero no hubo manera de convencerlos, a ninguno de todos ellos, que son más de treinta mil aunque digan que no.”
Una de las señales más abruptas ocurrió en el primer allanamiento de los tres que les hicieron. Beatriz ya no vivía en la casa y ése día estaban solo Aída, su marido y Claudia. Alguien tocó la puerta con brutalidad y acto siguiente la rompieron. Entraron a la propiedad al menos cincuenta tipos armados, que traían arrastrando a un muchacho –conocido de Beatriz- ensangrentado. Procedieron a interrogar a los miembros de la familia por separado. Aída y su marido, así como muchos otros, más tarde descubrieron que había intrusos de las Fuerzas Armadas dentro de los grupos militantes, y que por ese motivo sabían todo sobre ellos. Aída contó que en un determinado momento escuchó a su hija menor llorar, y pensó que la estaban desnudando. Uno de los militares descargó veintiséis balas sobre la mesa: “Me dijeron que si no decía la verdad me las iban a poner todas en el cuerpo.” Después de un intenso control y de corroborar que Beatriz no estaba en la casa, los militares se fueron dejando al muchacho muerto y la casa patas arriba. Aída no sabe de dónde sacó el valor, ni cómo fue que no murió ese día.
Durante meses de incertidumbre y miedo Aída pudo ver a su hija mayor sólo en unas pocas ocasiones de suerte y prácticamente a las escondidas, procurando guardar los cuidados necesarios. El 17 de mayo de 1977 Beatriz y su novio fueron secuestrados de su departamento y no se los volvió a ver. Probablemente sabían que sucedería en algún momento. A partir de ahí, dice Aída, comienza la historia. Es en una de las vueltas de su búsqueda, intentando efectuar una denuncia, cuando se encontró con Adelina de Alaye, quien apurada le dijo que se estaba yendo a la Plaza de Mayo, y ella decidió seguirla. “Corrí y sentí que se me salía el corazón. Me caí delante de la Municipalidad y vi veinte mujeres, no más, todas paradas.” Entre esas mujeres estaba Azucena Villaflor, que más tarde se convertiría en una buena amiga de Aída y presidenta de las Madres, hasta la fecha de su desaparición. A todas las abrumaba el miedo, pero las unió una fuerza inexorable que pudo más. Fueron juntas a cárceles, hospitales, radios, y la voz se empezó a correr hasta que se convirtieron en una de las más grandes asociaciones del país. En 1985 las diferencias que habían estado gestándose durante un tiempo acabaron en el “desprendimiento”, como Aída gustó llamar, con Hebe de Bonafini y dio lugar a la formación –no menos importante- Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora.
Su sede está en un departamento en Piedras al 153 que Aída me mostró de habitación en habitación, deteniéndose en las fotos de los hijos desaparecidos, particularmente en las de Beatriz. Hoy en día existe una incógnita preocupante que abrió y cerró mi visita: qué va a pasar cuando las Madres no estén. Aída dice, casi con pesar, que se cansa más rápido, que el viaje desde Gran Buenos Aires a Capital es largo, y que poco a poco, tanto su asistencia como la de las otras madres, empieza a mermar.
Aída es, con su pequeñez, sus pasos cortos, el testimonio vivo del grito de muchos. Guarda en su experiencia y entre sus archivos la voz de generaciones que junto a sus compañeras y su lucha conservaron. Una voz que no debe ser olvidada o ignorada en los rincones, y que espero no deje nunca de murmurar.


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